Era tarde ya, cuando, en medio de la soledad del Pacífico Sur, sobre las costas de Chile, cinco barcos de guerra y tres transportes, avanzaban pesadamente levan­tando al aire enormes columnas de agua que embarcaban con la proa. La agitada superficie del gran océano los obligaba a librar una verdadera lucha con las olas gigantescas. Pero, aún en medio del mar bravío, conservaban su formación de com­bate. Ya en varios de ellos comenzaban a encenderse las luces. Era la escuadra del almirante von Spee, que quince días antes había zarpado de Valparaíso con rumbo desconocido.

Esa tarde se acercaron a la costa sobre el golfo de Penas. Entre el dédalo de islas desiertas de la Patagonia occidental, toda la flota halló refugio en un angosto fiordo, un verdadero tajo en la montaña boscosa, sumergido en la quietud y el silencio. Los transportes auxiliares, el "Seydlitz", el "Badén" y el "Santa Isabel", se colocaron a los costados de los acorazados y de los cruceros ligeros, y se diocomienzo al car­boneo. La tripulación, por turno, realizó la larga tarea, envuelta en el polvillo que llenaba las instalaciones de a bordo, obligando a cerrar todas las puertas y ojos de buey.

Por fin el 26 de septiembre de 1914 todo estuvo listo. Como no sabían cuándo volverían a carbonear, y ni aún si podrían hacerlo nuevamente, cargaron todo el combustible que permitían las bodegas, y basta lo apilaron en bolsas sobre la cubierta de los buques. Y, a mediodía, la escuadra zarpaba, despedida hasta la lejanía por el contorno de las montañas nevadas y sus grandes ventisqueros. Marchaban hacia el Sur para doblar el Cabo de Hornos y entrar en el Atlántico sin que el enemigo, a quien un mes antes habían derrotado, conociera su paradero.

A la tarde se ordenó hacer formar la gente en las toldillas, se dio lectura a la orden del almirante y se distribuyeron las cruces de hierro, que habían sido concedidas por el Kaiser, como premio por la victoria de Coronel. Al final de la ceremonia, coreando los gritos de los oficiales, todas las tripulaciones dieron tres vivas al Emperador.

Desde que abandonaron su refugio de la costa, los buques habían sido recibidos por el Pacífico con una mar gruesa que los sacudía con terribles bandazos. Los grandes cruceros hocicaban pesadamente levantando enormes masas de agua. Separados unos de otros, iban navegando hacia el Sur alcanzando a verse solamente cuando subían sobre la cresta de las olas. El viento silbaba furiosamente en los aparejos. Los salpicones de las olas pasaban sobre cubierta para ir a estrellarse contra el puente, empapando todo a su paso.

Abajo, los treinta y seis foguistas de uno de los departamentos de calderas del "Scharnhorst", paleaban carbón frente a la boca de los hornos, que se abrían dejando ver las llamas retorciéndose en su interior. A cada carga el fuego se reavivaba, espesando más la columna de humo que vomitaban las dos chimeneas y que iba señalando con su estela la marcha del buque. Los treinta y seis hombres, con el busto desnudo y sucio, trabajaban rudamente atendiendo las órdenes de los suboficiales, que apenas se oían entre el ruido del tiraje de los ventiladores.

El acorazado rolaba de tal modo que los botes y todos los objetos pesados habían sido reforzados con nuevas trincas. Los imbornales y los portillos estaban cerrados dejando dentro del buque una atmósfera húmeda y pesada. Afuera la tempestad aullaba terriblemente. Cuando, después del relevo, algunos de ellos salieron a cubierta, contemplaron impresionados el salvaje aspecto del mar. A lo lejos aparecía la silueta de los cruceros ligeros, el "Leipzig", el "Dresden” y el "Núrnberg”, que daban rolidos tremendos. Las olas parecían cubrirlos materialmente, sumergiéndolos en el mar. Su situación era tan comprometida, que pudieron ver cómo, poniéndose a la capa, tiraban al agua toda la carga de carbón que llevaban sobre cubierta. A la derecha, el "Gneisenau", gemelo del "Scharn-horst, marchaba lentamente en medio de una formidable marejada, dándoles el cuadro de lo que debía parecer su propio buque visto a la distancia.

Así navegaron varios días con tiempo nublado y terrible viento del Sudoeste. Hacía intenso frío que contrastaba en el fuerte calor tropical que habían soportado desde el mes de junio en que zarparon de la base naval de Tsing Tao, en las costas de China. De tanto en tanto los azotaban fuertes chubascos y borrascas de nieve y escarchilla. A medida que avanzaba hacia el Sur, la escuadra debía soportar con mayor fuerza la lucha con los elementos. Y cuanto más se iba hundiendo en las soledades oceánicas, parecían más insignificantes los ocho pequeñísimos puntos que marchaban despidiendo grandes penachos de humo negro, que el viento extendía largamente hacia el Nordeste.

Abajo los hombres continuaban paleando carbón para alimentar la insaciable voracidad de las calderas. El rolido en ángulos cada vez más abiertos, casi les impedía mantenerse en pie, debiendo sostenerse a menudo en los pasamanos. A pesar del frío de la atmósfera exterior, dentro del departamento de calderas, el calor les hacía correr la transpiración sobre el torso, dejando una huella lavada sobre la piel ennegrecida.

Por fin el 2 de diciembre avistaron nuevamente la costa a gran distancia. Sobre el horizonte, como una nube negra, se alcanzaba a divisar la silueta montañosa del desolador paisaje fueguino. Hacía el Sudeste, entre brumas, se iba haciendo más visible el extremo Sur de la sucesión de islas desiertas y rocosas en que termina el continente americano: el Cabo de Hornos.

¡El Cabo de Hornos! Cuando la tripulación oyó ese nombre no pudo dejar de sentir un estremecimiento ante la idea de que se acercaban al lugar más temido de la tierra. ¡El Cabo de Hornos! Tantas veces habían oído contar las fantásticas historias de sus terribles temporales, que todos los que estaban libres subieron a cubierta para contemplar largo rato aquella salvaje roca negra y acantilada, mudo testigo de tantas angustias y tragedias. Muchos no se convencían aún de tener a la vista un lugar tan fabuloso. Y todos los relatos que habían oído contar en los cafés de los puertos de todas las naciones, volvían ahora vívidamente a su recuerdo, fascinándolos ante la visión alucinante del paisaje tantas veces imaginado.

Uno detrás de otro, sobre una línea, los buques de la escuadra alemana de cruceros, avanzando penosamente entre la furia de los elementos, fueron pasando frente al promontorio sombrío que a la distancia los observaba entre nubes bajas y tormentosas.

Al día siguiente entraron en el Canal de Beagle y, resguardándose en una caleta de la isla Picton, los barcos iniciaron nuevamente las operaciones del carboneo. Era un tranquilo refugio, que los confortó con su mansedumbre y su silencio, después de los días de temporal en el mar inmenso.

Por fin el domingo 6 de diciembre todo estuvo listo. La tripulación oyó el oficio divino. La banda tocó la marcha Wacht am Rhein y todos, de pie, la corearon. En su gabinete, a bordo del "Scharnhorst' , el conde von Spee reunió a los comandantes de todos los buques de la escuadra. Se discutieron los planes inmediatos de acción y, aunque no hubo unanimidad, todos acataron la opinión del almirante. Sus dos hijos, oficiales a bordo del "Gneisenau" y del "Leipzig”, también asistieron a la reunión. Sobre la repisa de la estufa, algo marchitas ya, estaban las flores con que lo había obsequiado la colonia alemana de Valparaíso. Al agradecerlas, el almirante había dicho: "Estarán frescas aún para el día de mis funerales".

La reunión terminada, todos se despidieron partiendo para los buques respectivos. Y, al rato, la flota zarpaba siguiendo el litoral Sur de la Tierra del Fuego, rumbo al Atlántico.

Fué a los dos días, una madrugada a las 3, cuando avistaron la faja obscura de las Islas Malvinas. Se aproximaron lentamente proyectando un golpe de mano para destruir la estación carbonera de Port Stanley. Sería un formidable zarpazo de gran efecto. Navegaron sobre la costa preparándose para el asalto. El enemigo ignoraba completamente su situación y su presencia en las Malvinas sería una verdadera sorpresa. Nada les costaría efectuar un desembarco y arrasar con todo, desapareciendo de inmediato, para ocultarse otra vez en la inmensidad del océano. Marcharon hasta hallarse a la vista de las colinas bajas que rodean la entrada del puerto. Ya de antemano celebraban su fácil triunfo.

Pero entonces ocurrió el gran imprevisto. Sobre el horizonte de las colinas pudieron ver claramente las torres y las chimeneas de varios buques de guerra que ni sospe­chaban encontrar.

Era la escuadra del almirante Sturdee, que había llegado precisamente el día anterior, enviada desde Inglaterra en su busca, sin tener la menor noticia sobre su paradero. Cuando menos lo esperaban las dos flotas se habían avistado. El encuentro no podía haber sido más fulminante.

La escuadra del almirante von Spee, dio vuelta en redondo y enfiló hacia el Sur, mientras los buques ingleses, dentro del puerto, trataban de acelerar la presión de las calderas para salir en su persecución. Los puntos negros, que iban desapareciendo lentamente, vomitaban formidables masas de humo que el viento extendía sobre toda la línea del horizonte. Los cruceros huían a toda marcha.

En el compartimento de calderas del "Scharnhorst” todo era actividad febril. Los hombres seguían paleando carbón entre el ruido del movimiento acelerado de las máquinas. Roncaban los ventiladores de las calderas. Las órdenes dadas desde la torre de combate, llegaban por los tubos portavoces y eran repetidas por el suboficial encargado de retransmitirlas.

Arriba, por medio de señales de brazos, se había indicado: "Seguir los movimientos del almirante". La tripulación recibió entonces orden de no fumar y de ponerse en traje de fajina. Los buques avanzaban a régimen de 21 nudos.

Pero los cruceros ingleses, más rápidos, que ya habían salido del puerto, los iban alcanzando. Los puntos negros coronados de un penacho de humo se hacían cada vez más próximos.

El oficial de guardia dio orden a las tres máquinas indicándoles el número de re­voluciones en los registradores y repetidores de reserva. Los teléfonos y las canalizaciones eléctricas funcionaban continuamente, manteniendo la tensión en todos los departamentos. Los minutos pasaban eternos. Abajo los foguistas avivaban las llamas con verdaderas montañas de carbón. Las calderas llegaban a su presión máxima. Por los tubos portavoces las órdenes se sucedían frenética y nerviosamente.

Pero era evidente que los ingleses se acercaban más y más. El telémetro empezó a marcar: 20.000 metros. Era mediodía y la tripulación tomaba el último almuerzo. Todos comían lentamente, silenciosos y pensativos.

Aún no habían terminado cuando los tambores y las cornetas hicieron oír la orden de zafarrancho de combate. Todos se levantaron mecánicamente partiendo, después de estrecharse la mano, sin hablar. El corazón les golpeaba con fuerza dentro del pecho. En unos minutos estuvieron distribuidos en sus puestos respectivos.

Los barcos enemigos se aproximaban lentamente. 19.000, 18.500, 18.000... Venían en impecable línea de batalla. Imposibilitada de huir, la escuadra del almirante von Spee, se veía obligada a aceptar el combate. Se dioorden a los cruceros ligeros de continuar y los dos acorazados se quedaron esperando la lucha. Apenas un rato después se oyó el resonar de un cañonazo que llegó como un trueno lejano. El buque insignia del almirante Sturdee había abierto el fuego.

Era la una y cinco de un hermoso día de sol, como rara vez es posible encontrar en las eternamente brumosas aguas de los mares del Sur. La luminosidad era perfecta y ni una sola nube cubría la limpidez de la atmósfera. En la soledad del Antártico,

apenas divisándose a 17 kilómetros, las dos flotas entraban a batallar. Los albatros, únicos testigos, cruzaban indiferentes ofreciendo el espectáculo de su vuelo majestuoso.

El "Scharnhorst” contestó inmediatamente con una salva de sus cañones de estribor que, dada la gran distancia a que debían disparar, estaban colocados en su ángulo máximo apuntando al cielo. El observador del tiro, instalado arriba del palo, transmitía en voz alta el resultado de los impactos. A la izquierda también el "Gneisenau" iniciaba sus descargas. En el compartimento de calderas del "Scharnhorst" el cañoneo retumbaba constantemente, mientras los hombres continuaban su tarea como de ordinario. No tenían la menor noticia de lo que ocurría sobre cubierta, y, sólo el ruido de los disparos, les indicaba que habían entrado en lucha.

El "Scharnhorst" hacía fuego continuamente con los cañones de la torre de proa y las casamatas de las bandas. Entre el intervalo brevísimo de sus estampidos, podía oírse, a lo lejos, el cañoneo del "Gneisenau" y de la flota inglesa. Todo era un salvaje concierto de acero que los estremecía profundamente. Los minutos pasaban, diez, veinte, media hora, y los estampidos continuaban como en el primer momento, con el mismo ritmo monótono e impresionante. Los 36 foguistas del departamento de calderas del buque insignia de la escuadra alemana del almirante von Spee, estaban roídos por la ansiedad hasta lo más íntimo de su espíritu. Paleaban carbón apresuradamente, cada vez más sucios y más fatigados. La boca del horno de las calderas era realmente un espectáculo pavoroso. ¿Cómo iría el combate arriba? ¿Habrían sido alcanzados los ingleses? ¿Saldrían con vida de la lucha que estaban empeñando contra fuerzas superiores?

Bien pronto tuvieron ocasión de saber algo positivo. Una bala penetró por amura de estribor deshaciendo la cubierta y llegando hasta el departamento de máquinas, donde estalló repartiendo una lluvia de granadas. Otra penetró sobre la línea de flotación, abriendo un enorme boquete por donde el agua entraba a raudales. Un foguista había sido alcanzado, falleciendo en el acto. Y enseguida fue una sucesión de impactos que empezaron a estallar en todos los compartimentos del crucero, causando destrozos y matando gente. Una bala repartió su lluvia de granadas, decapitando al suboficial de órdenes y deshaciendo materialmente a cuatro foguistas. Las paredes quedaron salpicadas de sangre y pedazos de cerebro.

Sin embargo, el "Scharnhorst” seguía disparando sus cañones con la misma regularidad de antes. Había perdido una chimenea, tenía destrozada una parte del puente y, junto a la torre de proa, se había declarado un incendio que levantaba enormes llamas. Los foguistas seguían su tarea como si nada hubiera pasado. Por el tubo portavoces las órdenes seguían llegando en la misma forma lacónica y regular de antes. Una hora hacía ya que había comenzado, y la batalla estaba en todo su apogeo. Habían tapado el boquete, cubriendo también a los compañeros muertos con algunas lonas. Sin embargo, no podían impedir que entre el carbón que paleaban, fueran, a veces, trozos de carne y dedos mutilados.

Una hora más. Los impactos en el "Scharnhorst seguían causando muertes y destrozos. ¿Sufrirían los cruceros ingleses tanto como ellos? ¡Si pudieran salir a ver o a preguntar algo! Pero apenas sabían por un enfermero que había llegado a recoger los heridos, que las cosas no iban muy bien, lo que los había llenado de angustia. Si al menos los dejaran ir a pelear, defenderse.

El tiempo seguía pasando entre el interminable cañoneo, mientras ellos continuaban mecánicamente alimentando las calderas. De tanto en tanto oían explosiones a bordo, que anunciaban nuevos destrozos. Por fin les pareció notar que el "Schamborst” había silenciado los cañones de la torre de proa y que disparaba sólo con una de las bandas. Por los ventiladores llegaba un aire caliente y lleno de humo que indicaba que el fuego había invadido la cubierta. Sin embargo, por el tubo portavoces seguían recibiendo órdenes. El concierto lejano continuaba.

El buque empezó a escorarse a babor. Una enorme explosión silenció parte de las casamatas que todavía continuaban disparando. Otro proyectil penetró hasta el compartimento de calderas, haciendo una verdadera hecatombe. Cuando el humo de la explosión se hubo disipado, ocho foguistas se levantaron. Nuevos boquetes se abrieron por donde el mar entraba en enormes chorros. Sobre el agua que inundaba el compartimento, apagando el fuego de las calderas, flotaban varios cadáveres. El "Scharnhorst,” continuaba escorándose a babor en forma alarmante. Por el tubo portavoces las órdenes cesaron. Pero los cañones de la banda de estribor continuaban disparando. Por fin también se callaron, sumergiendo el crucero en un silencio repentino, sobre el que empezó a oírse de inmediato el ruido de los chorros de agua y el crujido del incendio.

Los ocho foguistas trataron de ganar la salida de urgencia, pero enseguida vieron que arriba las llamas les cortaban el paso. Por los boquetes el agua seguía penetrando a raudales. El vapor y el humo, que se desprendía del fuego apagado, los asfixiaba. Estaban encerrados y morirían como ratas. En su desesperación caminaban entre el agua sin saber qué actitud tomar. Pero de pronto el "Scllarnnorst”, dio una voltereta rapidísima, provocando a su alrededor violentos remolinos.

Desde el "Gneisenau”, que también se estaba hundiendo, pudieron ver cómo, entre una nube de humo, surgía sobre la superficie la quilla pintada de rojo, que la larga permanencia en los mares tropicales había deteriorado en gran parte. Brilló al sol un momento entre la marejada. Pero enseguida desapareció bajo la desierta extensión del océano.

Los ocho foguistas que quedaban en el tercer departamento de calderas, aún vivían. El aire encerrado todavía les permitía respirar, aunque habían sido arrastrados con el agua, los cadáveres y gran cantidad de carbón sobre el techo del compartimento. Toda la horrible realidad escapaba a su comprensión trastornada.

Mientras tanto el casco del buque los iba sepultando en las inmensas profundidades del mar, trágica, lentamente, para siempre.

¿Era eso la gloria?