Crónicas

 

Los antiguos viajantes de comercio que han recorrido durante muchos años los caminos patagónicos, han sido receptores de cientos de anécdotas jugosas.

El siempre recordado Soria, contaba que en una oportunidad de sufrir un desperfecto mecánico insalvable en su automóvil, y en proximidades de Cholila, resolvió, ante la inminente llegada de la noche, dejar su auto al costado del camino y trasladarse caminando hasta la cercana casa de comercio de un cliente libanés, para pernoctar allí y, al día siguiente, buscar la manera de conseguir el repuesto en El Bolsón.

 

Hacía como un año y medio que Pedro se había hecho cargo de un monte frutal mixto, de algo más de una hectárea.

Una mañana primaveral pasó un vecino a saludarlo y mientras caminaban y conversaban, éste exclamó:

—¡Qué cambiado está esto y qué abundante floración!

 

“La farolera tropezó, y en la calle se cayó, y conoció a un muchacho guapo, y me enamoró…”

Mi madre apenas se acuerda de esa canción, que acomodada a voluntad, y repite…

 

Preciosa tarde la del miércoles 9,  diciembre esparce sin retaceos los verdes umbríos de la fronda santiaguina y el aire del año viejo acaricia la casa, testigo de glorias y festejos un día, de sangre y muerte después, allá por los setenta.

 

Esa tarde Santa Rosa me recordó pasajes de alguna literatura ida en las ensoñaciones juveniles pero también las acechanzas del porvenir. Me preguntaba si a pesar de tener el cuerpo cansado podría disimular otros cansancios. No me detuve tampoco demasiado tiempo en esas cavilaciones. El hotel ya se veía desde al acceso sur, era el más alto de la ciudad y hacia allí me dirigí. Frente a él me detuve en la zona de estacionamiento temporario, dejé mi moto y entré a la conserjería.