Cuentos

 

De solo imaginarlo hubiéramos reído días enteros, como ocurre en los pueblos chicos cuando un chiste corre de boca en boca y es realmente tan típico como gracioso.

Es cierto que ya estamos acostumbrados a los astronautas paseanderos, héroes y malvados viajando del futuro al pasado con o sin escalas.

 

Las Coloradas es un nombre que suena fuerte. Como el de la Leonora, leona, caracola, Cacica de los Callfucurá en otro siglo.

Para mí suena fuerte porque me mostró un mundo dis­tinto, amarillo y difícil. La arena azotando el solar de los vientos en el puesto de frontera; colina arriba la gendarmería, custodiando los bienes de los que más tienen y usurpando la miseria de los más humildes, la gente de la tierra.

 

El mendigo me miraba fijamente mientras me acerqué y busqué monedas en mis bolsillos.

Cuando iba a ponérselas en el jarro viejo y abollado, el viejo lo tapó con la mano bruscamente y me preguntó —¿Qué hace?

Me quedé duro, lo miré bien esta vez, tenía unos ojos azul claro y la piel oscura y ajada como el jarro. 

Su voz era muy clara y firme.

 

- ¡No m’hija que te está usando!   

Doña Sabina notó que con la última palabra se apagó todo signo de vida, de golpe. Parada sobre los baldosones rojos de la cancha de básquet, con la cabeza apenas sobrepasando la línea de las tablas del escenario, miró fijo hacia arriba, a los ojos de la Muchacha, volvió a decir no m’hija pero mucho más bajo y se detuvo.

 

No se festejaban los carnavales. Se esfumaba la alegría de las cosechas. Se había perdido la salubérrima institución de la minga. Bastaba ingresar en los callejones de Huaco para que la tristeza se posara sobre la piel como el polvo. Los ojos huaqueños lucían un dolor resignado como el que habita en los animales destinados al sacrificio. Por sobre todo, había algo que espantaba: Hacían el amor sin alegría. Las mujeres parían tristezas. Se trabajaba con desgano y al desgaire, con la inopia por cosecha. Afamadas tejenderas las manos huaqueñas producían géneros mediocres que los turcos locales o los acopiadores de la ciudad adquirían a precios de pichincha. Entregaban sus productos, como quien se quita un estorbo, una culpa.